Empezaba a llover.
Apretó el paso y la mano de su hijo de cinco años.
Había olvidado coger el paraguas cuando salió de casa, camino del colegio.
Un único pensamiento ocupaba su mente: por fin lo había denunciado. En su bolsillo descansaba la orden de alejamiento. A estas alturas él ya debía tener la suya en su poder.
Estrechó aún más la mano de su hijo y recordó la última vez que le vio llorar, el terror en su mirada, la violencia con la que su padre le apartó.
¡No le hagas daño! ¡A él no, por favor!
Fue la última vez.
Entró en la casa.
¿Había olvidado cerrar con llave?
El suelo estaba mojado. Y ¿qué era ese olor?
Obligó a Dani a permanecer en la puerta, avanzó unos pasos y comprendió. Vio la garrafa de gasolina a los pies del sofá, y la sonrisa cínica del hombre al ponerse de pie mientras prendía la orden de alejamiento que sostenía en su mano.
Solo tuvo tiempo de gritar:
«¡Corre Daniel!»
Microrrelato ganador del segundo premio en el I concurso de Microrrelatos Red Mariposa contra la violencia de género.
Descubre más desde Artea
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.